El terror como espejo: Del colapso sociopolítico a la banalidad de la violencia

Resulta verdaderamente apabullante observar la velocidad con la que la industria cinematográfica devora, procesa y devuelve los sucesos de la actualidad convertidos en puro entretenimiento. El cine de terror y suspense actual ha dejado de ser una simple vía de escape para transformarse en un reflejo crudo de las fracturas sociales. Un ejemplo sobrecogedor de esta dinámica es saber que el rodaje de la quinta entrega de la saga de ficción distópica, ‘La purga infinita’, se llevó a cabo más de un año antes del asalto al Capitolio estadounidense. La película funciona como una inquietante premonición de una sociedad al borde del abismo.

El supremacismo y la ruptura del sueño americano

El ambiente sociopolítico en Estados Unidos llevaba años caldeándose, primero con la irrupción del Tea Party y más tarde bajo la presidencia de Trump. Ante este panorama, el guionista James DeMonaco, creador del universo de ‘La purga’, apenas tuvo que forzar su imaginación. Su premisa original planteaba un lapso de 12 horas donde el Estado permitía a los ciudadanos liberar sus frustraciones mediante cualquier crimen, sin enfrentar represalias legales. Ahora, la narrativa da un paso más allá al imaginar una revuelta donde grupos de fanáticos supremacistas deciden ignorar las reglas. Apoyados en la sombra por las autoridades, estos individuos asumen la misión de “desinfectar” su país de todo aquel que no encaje en el molde del estadounidense blanco y sajón. Su lógica es perversamente simple: si el Estado ya no representa sus valores de pureza extrema, carece de sentido respetar sus límites temporales.

Esta quinta película mete el dedo en la llaga del gran dilema estadounidense contemporáneo. Nos muestra una identidad nacional construida sobre retazos de diversas culturas que, de un tiempo a esta parte, han chocado de forma abierta. La multiculturalidad que antaño definía el ansiado “sueño americano” se ha vuelto en su contra impulsada por el auge de una extrema derecha nacionalista y excluyente. Esta deriva ha provocado una profunda fractura social, empujando a una minoría paranoica a cometer actos violentos a gran escala. Aquel concepto del lobo solitario ha mutado hasta convertirse en una masa furiosa, alimentada por políticos incendiarios que sacan rédito del desorden.

Tensiones de clase en la frontera

Para plasmar esta realidad, la productora Blumhouse, respaldada por Michael Bay, confió la dirección al mexicano Everardo Valerio Gout. El cineasta aporta una perspectiva vital: la del inmigrante que cruza la frontera buscando prosperidad. La historia arranca precisamente con la llegada a suelo estadounidense de Adela, interpretada por Ana de la Reguera, y Juan, encarnado por Tenoch Huerta. Tras una etapa de gobierno aparentemente moderado, el partido populista y ultranacionalista de los Nuevos Padres Fundadores retoma el poder y reinstaura la purga bajo la falsa premisa de garantizar la paz social.

Diez meses después de instalarse en Texas, las dinámicas de los protagonistas ilustran el choque cultural. Mientras Adela dirige una empresa cárnica y se esfuerza por asimilar el idioma y las costumbres locales, Juan trabaja como vaquero y se resiste a perder sus raíces. Su día a día en la hacienda de la familia Tucker sirve como microcosmos de las tensiones de clase. Allí conviven los dueños blancos y privilegiados, los trabajadores mexicanos y una clase trabajadora blanca empobrecida que desconfía del sistema y siente que las élites llevan años explotándolos.

Los diálogos entre los personajes orbitan constantemente en torno a estos conflictos de identidad. Dylan Tucker, interpretado por Josh Lucas, encarna a un conservador que percibe la inmigración como una amenaza para sus valores tradicionales, rechazando incluso que una niñera latina cuide de sus hijos por miedo a una “contaminación” cultural. Sin embargo, no llega a albergar el odio visceral de los supremacistas. Por su parte, el patriarca Caleb y su hija Harper muestran una actitud mucho más tolerante. Comprenden las penurias de sus empleados, aunque también se benefician económicamente de su mano de obra barata. Es precisamente Caleb quien resume el desconcierto general con una frase lapidaria al confesar que ya ni siquiera sabe qué significa ser un estadounidense orgulloso.

La mercantilización del horror en la era digital

Esta exploración de la violencia física e identitaria encuentra un eco perturbador en cómo la sociedad moderna consume el terror a través de las pantallas. Si ‘La purga’ disecciona la violencia como herramienta política, obras recientes como la reinvención de ‘Faces of Death’ a cargo de Daniel Goldhaber analizan nuestra total desensibilización ante ella. Lejos de ser una franquicia agotada y concebida como un mero cajero automático, como ocurre con las últimas entregas de ‘Scream’, esta película funciona como una aguda reflexión sobre nuestra relación distante con las imágenes atroces.

Goldhaber exhuma uno de los títulos más infames del cine de terror de 1978 para diseccionar la banalidad que han adquirido los vídeos de muertes reales en plena era de las redes sociales. Nos encontramos ante un slasher posmoderno sumamente inteligente e inquietante. La cinta es plenamente consciente de que resulta imposible fabricar en un plató algo más aterrador que las atrocidades que los usuarios ven deslizando el dedo por sus teléfonos a diario. Aprovecha esa certeza para construir una meditación sobre el pavor que produce vivir en un mundo donde la barbarie ha quedado reducida a un simple decorado digital.

El morbo como modelo de negocio

Basta observar cómo han cambiado las cosas desde que John Alan Schwartz estrenó la obra original, coronada ahora en la ficción de Goldhaber como “el primer vídeo viral”. Aquel falso documental, barato pero inmensamente rentable, jugaba a engañar al espectador. Un supuesto patólogo narraba ejecuciones dramatizadas que se intercalaban con imágenes de telediarios para dotar al conjunto de credibilidad. Rápidamente se convirtió en una leyenda urbana; la gente creía que todo lo que mostraba era auténtico. Era un objeto maldito que se escondía en las trastiendas de los videoclubs de todo el país.

Hoy los videoclubs han desaparecido. Cualquier adolescente lleva en el bolsillo un portal que le permite presenciar las mayores tragedias del mundo en tiempo real, todo para que un puñado de gigantes tecnológicos se lucren gracias a esa atención morbosa. ‘Faces of Death’ ya no necesita venderse como una cinta prohibida en decenas de países, porque su premisa se ha convertido en el modelo de negocio más lucrativo del planeta. La genialidad de esta nueva versión radica en no intentar convencer al público de que algo es real, sino en retratar un tejido social donde absolutamente todo se percibe como falso.

La película logra generar una tensión asfixiante, culminando en una persecución fantástica que adopta la lógica clásica del género, atreviéndose incluso a priorizar el punto de vista del asesino. A través de Margot, una protagonista traumatizada por la muerte de su hermana en un vídeo viral que salió mal, el guion traza un recorrido demoledor. Escrito por el propio Goldhaber junto a Isa Mazzei, quien aporta su profunda comprensión sobre la fragmentación de la identidad en internet, el filme nos recuerda que el verdadero terror ya no acecha en las calles durante una noche sin ley, sino en la apatía con la que consumimos el sufrimiento ajeno a través de una pantalla.